Era noviembre de 1922 y el tiempo consumía las últimas esperanzas del británico Howard Carter. Durante siete largos años, había peinado sin éxito la geografía escarpada y desértica del Valle de los Reyes. La suerte parecía darle definitivamente la espalda: su tozudez se había convertido en motivo de sorna y había agotado la paciencia y el bolsillo de su mecenas, Lord Carnarvon. Pero, justo entonces, sucedió el más formidable de los hallazgos del Egipto de los faraones. Carter descubrió el 4 de noviembre el primer peldaño de la escalinata que conducía a la tumba de Tutankamón. Y, 20 días más tarde, derribaba la puerta tapiada que daba acceso a la primera de las cuatro estancias. "Al principio no podía ver nada. El aire caliente escapaba de la cámara agitando la llama de la vela
pero cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, los detalles de la habitación emergieron lentamente de la niebla: animales extraños, estatuas y oro
", dejó escrito Carter de aquel instante eterno que había esperado durante toda su vida.
domingo, 25 de noviembre de 2012
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