Una orquesta es una ruina económica. O en todo caso, la definición exacta de déficit estructural. Hasta la fecha, muy pocas formaciones sinfónicas en el mundo han conseguido equilibrar sus cuentas y funcionar sin una ingente cantidad de dinero público. Desde comienzos de siglo XX (The New York Times lo denunció en 1903), solo ha empeorado. También en EE UU, donde la mayor parte de su financiación procede de donaciones privadas. Minneapolis, Saint Paul Chamber Orchestra, Indiana Orchestra, Atlanta Symphony, Filadelfia, Chicago... todas sumidas en huelgas o temporadas canceladas. En Europa, las que aguantan bien, como la Filarmónica de Berlín, se nutren de enormes aportaciones públicas y de la explotación de su prestigio y calidad a través de giras y conciertos en Internet. Son excepciones. Las orquestas no escapan al cambio de paradigma y, por primera vez, sus gestores son conscientes del advenimiento de un vuelco límite en el ciclo. Esa es la apocalíptica sinfonía que recorre el mundo.
miércoles, 14 de noviembre de 2012
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